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Los chats antes de la mu*rte: el oscuro plan detrás del doble as*sinato de dos hermanas en Malambo

En el barrio Maranata de Malambo, Atlántico, el silencio de una noche cualquiera terminó convirtiéndose en el eco de una tragedia que aún sacude a Colombia. Dos hermanas adolescentes, Sheerydan Sofía Hernández Noriega, de 14 años, y Keyla Nicolle Hernández Noriega, de 17, salieron de su casa creyendo que iban a encontrarse con personas conocidas.

Nunca regresaron.

Con el paso de los días, las piezas del rompecabezas comenzaron a aparecer en los lugares más inesperados: en conversaciones de WhatsApp, en mensajes borrados a medias, en amenazas enviadas a un celular de madre desesperada. Lo que parecía una simple salida nocturna terminó revelando una red de manipulación, miedo y posibles vínculos con estructuras criminales que operan en la región Caribe.

La historia comienza días antes de la desaparición.

El 15 de febrero, según registros encontrados en el teléfono de una de las menores, aparecieron los primeros mensajes que luego se volverían clave para la investigación. Conversaciones aparentemente inocentes, saludos cariñosos, palabras como “amor” repetidas una y otra vez, y promesas de encuentros que, en aquel momento, no parecían tener nada fuera de lo común.

Pero la madre de las jóvenes, Maricruz Noriega, ya tenía una inquietud difícil de ignorar.

Ella misma contó que había visto los chats porque la sesión de WhatsApp de su hija menor estaba abierta en su celular. Al revisar las conversaciones, encontró algo que le dejó un sabor amargo: sus hijas hablaban con varios jóvenes que, según rumores del barrio, tenían conexiones con grupos criminales.

“Les dije que no se metieran con ese tipo de gente”, relató después ante las autoridades.

Las advertencias no bastaron.

El martes de carnavales, la hija mayor salió con un joven conocido como alias “Tata”, uno de los nombres que hoy aparece en el expediente judicial. Para muchos vecinos fue una escena normal: adolescentes en días de fiesta, música en las calles, luces, risas.

Pero el miércoles 18 de febrero todo cambió.

Esa noche, según el relato de la madre, las hermanas aseguraron que se quedarían en casa. Incluso enviaron mensajes diciendo que ya estaban acostadas. Maricruz Noriega, confiada, les mandó dinero para comprar algo de merienda.

Minutos después, las jóvenes estaban pidiendo un transporte.

Alguien les había escrito: “Si quieren vengan ya”.

Y ellas fueron.

Salieron sin autorización, ignorando la advertencia de una persona que intentó detenerlas antes de que abandonaran la vivienda. Era la última vez que alguien las vería con vida.

A partir de ese momento comenzó la pesadilla.

Cuando la madre notó que sus hijas no respondían llamadas, decidió contactar a los números de los jóvenes con los que hablaban. Lo que recibió a cambio fue silencio… y luego algo peor.

Bloqueos.

Después apareció un mensaje distinto.

Un panfleto digital con las siglas B.R.C., presuntamente del Bloque Resistencia Caribe, llegó al celular de la mujer. En el texto se advertía que un familiar suyo debía “aclarar su situación” o sería declarado objetivo militar.

Pero la amenaza no terminó ahí.

Poco después comenzaron los mensajes de extorsión.

Primero pidieron 50 millones de pesos para liberar a las niñas. La cifra era imposible para la familia, y la madre suplicó entre mensajes de voz y textos desesperados. Entonces el monto comenzó a bajar: 20 millones… luego 10.

Cinco millones por cada hija.

“Te quedan 10 y da las gracias que si colaboras te las mando vivas”, decía uno de los mensajes.

La frase parecía escrita con prisa, pero escondía una amenaza brutal.

“Iban a matar a la primera”.

Mientras la madre intentaba reunir dinero, las autoridades creen que las hermanas ya estaban en manos de quienes luego serían señalados como sus asesinos.

La investigación reveló una escena inquietante.

Las jóvenes habían sido invitadas a una vivienda. Allí, según los testimonios recabados por la Fiscalía, fueron llevadas al solar del lugar donde comenzó un interrogatorio improvisado.

Uno de los implicados preguntó quiénes eran los hombres que supuestamente planeaban matarlos.

Las hermanas respondieron que se trataba de “unos novios”.

Aquella respuesta no calmó a nadie.

Todo indica que los sospechosos creían que las adolescentes estaban colaborando con miembros de la banda criminal Los Costeños para entregar al menor de edad que hoy figura como coautor del crimen.

Una acusación que, según las autoridades, pudo haber sellado su destino.

La escena que siguió fue brutal.

Una de las hermanas fue asesinada a tiros.
La otra fue degollada.

Silencio.

Después vino la parte más fría del plan.

Con los cuerpos sin vida frente a ellos, los implicados buscaron palas. Cavaron huecos en distintos puntos del terreno y enterraron los cadáveres intentando borrar cualquier rastro de lo ocurrido.

Pero la historia no terminó bajo la tierra.

Durante las audiencias judiciales realizadas el 6 de marzo de 2026, los fiscales revelaron nuevas piezas del rompecabezas que cambiaron la dimensión del caso.

El menor de 17 años acusado de coautoría no sería simplemente un adolescente involucrado en un crimen pasional.

Según la Fiscalía, podría tener vínculos con estructuras armadas relacionadas con disidencias de las FARC.

Y no solo eso.

Las investigaciones sugieren que él y alias “Tata” habrían actuado como enlaces financieros entre células criminales de Bogotá y redes delincuenciales en Barranquilla. En ese esquema, los pagos estarían relacionados con asesinatos ejecutados como parte de una supuesta “limpieza social” atribuida al grupo Los Costeños.

Si esto se confirma, el doble homicidio de las hermanas Hernández podría ser mucho más que una tragedia doméstica.

Podría ser parte de una guerra silenciosa entre bandas.

Durante la audiencia de medida de aseguramiento, los abogados del menor solicitaron que se le aplicara una medida de justicia restaurativa sin privación de libertad. Argumentaron que el joven se había declarado inocente y que debía presumirse su derecho a la defensa.

La Fiscalía respondió con contundencia.

Según la fiscal del caso, permitir que el adolescente permanezca libre representa un riesgo serio para la comunidad. Recordó que el joven ya se había fugado anteriormente del Centro de Reeducación El Oasis, en Atlántico, burlando los controles de las autoridades.

Y agregó algo más.

“Él tiene poder, tiene dinero, él paga, y puede seguir matando”.

Las palabras resonaron en la sala judicial como una advertencia.

La fiscal también explicó que medidas como vigilancia electrónica, presentación periódica o restricciones de movilidad no garantizarían que el menor dejara de delinquir.

“No hay control familiar ni familia garante”, afirmó.

El expediente que hoy pesa sobre el adolescente incluye cargos por homicidio agravado, porte ilegal de armas, secuestro extorsivo agravado y no comparecencia ante las autoridades.

Demasiados delitos para alguien que todavía no ha cumplido los 18 años.

Mientras tanto, en Malambo, el barrio Maranata sigue intentando entender cómo dos adolescentes terminaron atrapadas en una trama que mezcla amor juvenil, manipulación, crimen organizado y una cadena de decisiones que nadie logró detener a tiempo.

Los vecinos recuerdan a las hermanas como chicas tranquilas.

Las últimas pruebas, sin embargo, cuentan otra historia.

Una historia escrita en chats.

Chats que empezaron con corazones…
y terminaron en muerte.

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