“MI HIJO NO SE QU1TØ LA VIDA”: MAMÁ de UNIVERSITARIO MU*RTO tiene PRUEBAS de que fue un AS3SIN4TØ

La historia de Cristian Martín comenzó como una desaparición angustiante y terminó convirtiéndose en uno de esos casos que dejan más preguntas que respuestas. Tenía apenas 16 años, era estudiante becado de la Universidad del Bosque y había salido de su casa en Bosa rumbo a clases como cualquier otro día. Pero nunca regresó.
El 16 de febrero, la búsqueda terminó de la peor manera.
El cuerpo del adolescente apareció en una zona boscosa del municipio de Gachancipá, un lugar que ni siquiera era familiar para su familia. La escena, según las primeras versiones conocidas por el país, mostraba al joven suspendido en una rama de un árbol y sin aparentes señales de violencia.
Las autoridades comenzaron a hablar de una posible muerte autoinfligida.
Pero su madre lo niega con firmeza.
“No, mi hijo no se pudo haber quitado la vida”, repite una y otra vez Janet Martín, quien desde entonces se ha convertido en la voz más insistente en exigir respuestas. Para ella, lo que dicen los informes preliminares no coincide con la persona que era su hijo ni con los detalles que ha ido descubriendo desde que comenzó la investigación.
¿Su convicción?
Que Cristian no llegó solo a esa montaña.
Janet recuerda a su hijo como un adolescente lleno de energía, el más cariñoso de la casa, el que siempre buscaba abrazar a sus padres, a sus amigos, a su novia. Un joven que reía constantemente y que repetía una frase que hoy su madre recuerda con dolor: “La vida es una sola, hay que reír”.

Ese retrato emocional es el primer argumento que utiliza para rechazar la hipótesis de suicidio.
Pero no es el único.
Según cuenta, cuando acudió a la Fiscalía para conocer los avances del caso, una funcionaria le leyó lo que serían los resultados de la necropsia. El informe, asegura Janet, indica que el joven habría muerto tras suspenderse de una rama.
La reacción de la madre fue inmediata.
No lo cree.
“No creo en nada de lo que me están leyendo en ese documento”, dice, convencida de que el adolescente no estaba deprimido ni atravesaba problemas que pudieran llevarlo a tomar una decisión así.
Hay otro detalle que la inquieta.
Ella nunca recibió copia del documento.
Según su testimonio, en la Fiscalía le explicaron que el informe no podía ser entregado porque podría filtrarse a los medios o ser publicado. Desde entonces, la familia sigue sin tener en sus manos el resultado oficial de la necropsia que supuestamente determina la causa de la muerte.
Pero el caso dio un giro inesperado cuando Janet reveló un episodio que ocurrió durante los días de búsqueda.
Una llamada.

Mientras Cristian seguía desaparecido, la madre recibió una comunicación telefónica en la que un hombre aseguraba tener al joven secuestrado. El desconocido exigía dos millones de pesos para liberarlo y aseguró que lo entregarían en una camioneta blanca cerca de una estación de policía.
La presión era inmediata.
El hombre incluso ordenó que la familia apagara los teléfonos desde los que estaban difundiendo la desaparición en redes sociales. Janet accedió durante algunos minutos, intentando desesperadamente obtener una prueba de vida de su hijo.
Pero nunca la obtuvo.
El supuesto secuestrador se negó a poner al joven al teléfono y amenazó con informar a su “jefe” de que la familia no quería rescatarlo si insistían en escuchar su voz. Fue entonces cuando un amigo advirtió a Janet que ese tipo de llamadas suelen realizarse desde cárceles para extorsionar a familias de desaparecidos que difunden sus casos en redes.
La madre cortó la comunicación.
Y nunca volvieron a llamar.
Aunque la hipótesis de la extorsión podría ser un intento oportunista de criminales, Janet cree que el episodio demuestra que alguien sabía que su hijo estaba desaparecido y se aprovechó de la situación.
Pero el detalle que más la inquieta apareció días después, cuando la policía le entregó las pertenencias que Cristian llevaba consigo.
Entre sus objetos personales había dinero.
Treinta mil pesos en total.
Un billete de diez mil y otro de veinte mil.
El segundo tenía algo extraño: estaba manchado con una sustancia aceitosa que, según la madre, podría ser aceite de cocina o incluso aceite industrial. El billete apareció mezclado con las llaves del joven y otros objetos, pero aparentemente no fue registrado como evidencia.
Janet asegura que fue ella quien se dio cuenta de la mancha al revisar las pertenencias en su casa.
Cuando preguntó por qué ese objeto no estaba incluido en la investigación, le respondieron que probablemente nadie se había dado cuenta de su existencia en el momento de recoger los objetos.
Una pieza potencial de evidencia que nunca fue analizada.
Para la madre, ese pequeño detalle refuerza su sensación de que algo no está encajando en la investigación.
Y no es la única inquietud.

Han pasado más de quince días desde que apareció el cuerpo y la familia asegura que todavía no ha podido ver imágenes de cámaras de seguridad que podrían aclarar el recorrido del adolescente. Janet insiste en que la investigación debería empezar por revisar la tarjeta de transporte público del joven, verificar si utilizó TransMilenio y rastrear su trayecto hasta Gachancipá.
Pero dice que no ha recibido respuestas claras.
Tampoco ha podido acceder a grabaciones de cámaras del municipio donde apareció el cuerpo, ni de los conjuntos residenciales que podrían haber captado sus movimientos. Según cuenta, cada vez que pregunta recibe la misma respuesta: el caso sigue “en proceso”.
Esa falta de información alimenta su sospecha de que el caso podría terminar archivado.
“Me siento abandonada por la Fiscalía”, afirma.
A su dolor se suma otro detalle que la familia asegura haber observado cuando algunos parientes subieron a la montaña para ver el cuerpo. Janet no pudo hacerlo por lo peligroso del terreno, pero su esposo y otros familiares aseguran que el joven tenía rasguños y moretones en las manos.
Marcas que, según ella, no coinciden con la versión de que no había señales de violencia.
La Fiscalía ha indicado que el joven no presentaba signos de maltrato, aunque se están realizando otros exámenes para determinar si había consumido alguna sustancia o si pudo haber sido dopado antes de su muerte.
Mientras esos resultados llegan, la madre mantiene una convicción absoluta.
Alguien llevó a su hijo hasta esa montaña.
Cristian Martín no era un estudiante cualquiera. A pesar de su corta edad había logrado una beca para estudiar en la Universidad del Bosque, un logro que llenaba de orgullo a su familia. Tenía sueños claros: quería viajar, conocer Italia, crecer profesionalmente y hacer sentir orgullosa a su madre.
“Quería volar”, dice ella.
Y luego añade una frase que resume su dolor.
“Le cortaron las alas”.
Desde entonces, Janet ha decidido convertir su duelo en una lucha pública. Ha concedido entrevistas, ha hablado en medios y ha pedido a otras madres que no se resignen cuando pierden a un hijo en circunstancias confusas.
Para ella, el mayor temor es que la muerte de Cristian se convierta en otro caso más que desaparece en los archivos judiciales.
“No voy a parar hasta saber quién le hizo daño a mi bebé”, repite.
Su exigencia es clara: acceso a las cámaras, un abogado que lleve el caso, respuestas concretas y una investigación que no cierre la puerta a la posibilidad de que detrás de la muerte del adolescente haya algo más que una simple tragedia.
Porque para esta madre, la versión oficial no explica lo que ocurrió.
Y mientras esa duda exista, la historia de Cristian Martín seguirá abierta.



