“Las M4TÓ a SANGRE FRÍA y por tener 17 años no irá a cárcel”: Mamá de hermanas 4ses1n4das en MALAMBO
SENTENCIA DE MUERTE EN SUSPENSO PARA EL ‘MONSTRUO’ DE 17 AÑOS Y EL GRITO DESESPERADO DESDE LAS TUMBAS DE MALAMBO
Solo por un fatídico día de Carnaval, dos almas inocentes —Sheridan (14 años) y Kayy Nicole (17 años)— entraron en una “casa del terror” para nunca más volver. Pero lo que genera más indignación que su muerte atroz es la impotencia de la ley: el autor material, un adolescente apodado “El Mono”, ejecutó a las víctimas en medio de súplicas desgarradoras, pero podría librarse de una prisión real solo por no haber cumplido los 18 años. ¿Por qué un “demonio” que ya había arrebatado la vida de otras tres personas es protegido por el escudo de la “minoría de edad” para seguir sembrando el horror? Entre el dolor desgarrador de una madre pobre en Barranquilla, una pregunta punzante asfixia a la opinión pública colombiana: ¿Está la justicia permitiendo que asesinos a sangre fría se escondan tras la cara de un niño, o estamos dejando a las víctimas indefensas ante quienes usan su edad para cometer crímenes atroces?

La historia comenzó el martes de Carnaval de 2026 en Malambo, una zona humilde a las afueras de Barranquilla. Sheridan Sofía, una niña de 14 años de cabello crespo, y Kayy Nicole, su hermana de 17, eran inseparables. Recibieron una invitación a una fiesta por parte de dos jóvenes conocidos como Fabián y “El Tata”. Aunque Fabián envió un mensaje advirtiendo “no vengan porque aquí hay gente peligrosa que quiere ponerlas”, la inocencia de la juventud y la insistencia de otras personas las empujaron a la trampa. Mari Noriega, madre de las víctimas, recuerda el momento exacto en que los celulares se apagaron a las 11 de la noche. Una búsqueda desesperada de 13 días terminó con una llamada aterradora de medicina legal: los cuerpos fueron hallados enterrados uno sobre otro en una fosa profunda en el patio de la casa de Fabián, un agujero que parecía haber sido cavado con antelación, como parte de un plan de asesinato meticulosamente calculado.

Los detalles revelados en la audiencia y por testigos hacen que cualquiera se estremezca ante la brutalidad de los victimarios. “El Mono”, un joven de apenas 17 años pero con un “historial” de tres homicidios previos, lideró la agresión. En un video filtrado en redes sociales que la madre vio por error, se escucha a Sheridan (14 años) arrodillada suplicando: “No me mates”, pero la respuesta fueron golpes letales en la cabeza hasta que dejó de respirar. El cómplice, “El Tata” (19 años), ayudó a someter y asesinar a la hermana mayor, Kayy Nicole, con un arma blanca poco después. La coordinación y frialdad entre un adulto joven y un menor de edad demuestran que esto no fue un arrebato, sino una ejecución premeditada. Lo más indignante es que “El Mono” declaró ante los investigadores que “no se arrepentía” y que volvería a hacerlo.

La indignación en Colombia llegó a su punto máximo cuando se confirmó que “El Mono” no sería enviado a una cárcel de adultos debido a las leyes de infancia y adolescencia. Fue recluido en el centro de menores OAS, un lugar del que ya se había fugado anteriormente. Mari cuestiona con dolor: “¿Quién me garantiza que no se escapará de nuevo para matar a otras niñas?”. Un asesino con capacidad de manejar armas, con una psicología criminal definida y que ha arrebatado al menos cinco vidas, recibe hoy un trato preferencial solo por faltarle unos meses para la mayoría de edad. Esto no es solo el dolor de una familia que pierde a dos hijas al tiempo, es el fracaso de un sistema judicial que deja grietas abiertas para que los “pequeños monstruos” burlen la ley.
Hoy, 19 de marzo de 2026, debería haber sido el día en que Sheridan Sofía celebrara sus 15 años, el hito más importante para una joven latina. Ella soñaba con una fiesta familiar, un vestido color lila y sus rizos sueltos. Sin embargo, en lugar de sonrisas frente a un pastel, su familia se reunió en un cementerio para una misa de mes. Mari no solo perdió a sus dos tesoros, sino también su empleo por dedicar cada segundo a buscarlas. La familia enfrenta ahora deudas, críticas malintencionadas en redes sociales que acusan falsamente a las niñas de pertenecer a bandas —algo desmentido por la fiscalía— y el vacío insoportable de una casa donde ya no se escuchan sus risas.
El caso de Malambo no es solo una noticia judicial sobre un doble homicidio; es un grito de alerta sobre la criminalidad juvenil y la necesidad de revisar las penas para delitos atroces. ¿Dónde está la justicia cuando los asesinos saben que quedarán en deuda con la ley gracias a su fecha de nacimiento? La muerte de Sheridan y Kayy Nicole es una cicatriz abierta que nos recuerda que, cuando la ley es demasiado indulgente con criminales con rostro de niño, la sociedad misma está cavando las próximas fosas en el patio de alguna casa.



