“Nos prendieron fuego y trancaron la puerta para que no saliéramos”: Sara Zambrano acusa a 4 jóvenes

Infierno en la fábrica de perfumes y un testimonio estremecedor: Cuando el “accidente” es solo la máscara de un crimen atroz
El trágico incendio en la distribuidora de perfumes Gómez, en Pasto, ha quedado expuesto tras el desgarrador testimonio de Sara Zambrano, una joven de 15 años que sobrevivió milagrosamente después de 72 cirugías de injerto de piel. ¿Fue la muerte de su compañera y las quemaduras en el 80% del cuerpo de Sara realmente una negligencia laboral, o estamos ante un plan de asesinato premeditado ejecutado por criminales protegidos bajo el título de “menores de edad”? El silencio inexplicable de la madre de la segunda víctima y las risas burlonas de los atacantes durante el funeral lanzan una sombra de duda sobre la justicia y la integridad del sistema de protección local.

Todo comenzó un día lluvioso de julio de 2025, cuando Sara aceptó un trabajo etiquetando fragancias para comprarle un regalo de cumpleaños a su hermana. En una habitación de apenas nueve metros cuadrados, la esperanza de una joven se convirtió en una pesadilla cuando, según el relato en el podcast Más Allá del Silencio, unos sujetos vertieron líquido inflamable y arrojaron un encendedor de forma gélida. No fue un error; la puerta fue cerrada con llave desde afuera, atrapando a las dos niñas en un mar de llamas. Sara tuvo que colgarse de los barrotes de una ventana gritando por auxilio mientras los perpetradores observaban y se burlaban, en una imagen que refleja una descomposición moral absoluta.

Tras la tragedia, la muerte de Stephanie, la otra joven, elevó el caso a la categoría de homicidio. Sin embargo, en lugar de arrepentimiento, los sospechosos han aparecido en eventos públicos con una actitud desafiante. La indignación de la familia Zambrano es total al ver que estos individuos siguen asistiendo a clases normalmente, blindados por la ley, mientras su hija pasaba 17 días en coma profundo sufriendo dolores indescriptibles. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿se está usando el escudo de la “minoría de edad” como una licencia para cometer los actos más atroces sin pagar las consecuencias?

Analizando las responsabilidades, la opinión pública señala directamente a Camilo y Sandra, dueños del establecimiento. Permitir que adolescentes trabajen con químicos explosivos sin supervisión adulta, sin cámaras y sin medidas de seguridad básicas es una negligencia imperdonable. Además, el silencio sepulcral de la familia de Stephanie levanta sospechas sobre posibles pactos bajo la mesa o presiones externas que han apagado la demanda de justicia desde el principio.

Este caso se ha convertido en el centro de un debate ético y legal: ¿por qué un ataque con testigos y evidencia directa sigue siendo tratado por algunos como un simple incidente de trabajo? La indiferencia de las autoridades ante el clamor de los Zambrano sienta un precedente peligroso. Cuando la frontera entre una “travesura” y un crimen se borra por los vacíos legales, ¿cuántos niños más serán víctimas de risas frías como las que marcaron a Sara y Stephanie?

A pesar de las cicatrices, la voluntad de Sara de convertirse en cirujana para salvar vidas es una luz entre tanta oscuridad. Pero su fortaleza no debe ser excusa para el olvido. La Fiscalía tiene la última palabra: proteger a los victimarios por ser “niños” o ponerse del lado de la justicia para sanar a una familia que lo perdió todo en el fuego de la crueldad. Esta batalla no es solo de Sara, es una prueba de fuego para todo un sistema judicial bajo sospecha.




