Así era el Palacio de la Zarzuela en 1965: “Don Juan Carlos y doña Sofía toman el desayuno sentados a una mesa servida por dos criados de librea y a la sombra de un parasol color naranja”

En 1965, la revista Lecturas realizó una incursión en la vida privada de los entonces príncipes, Juan Carlos y Sofía, quienes nos mostraron su hogar en el Palacio de la Zarzuela

La estampa no podía ser más idílica. Y la revista Lecturas tuvo la suerte de ser testigo. “Sobre un césped que ya amarillea, don Juan Carlos y doña Sofía toman el desayuno sentados a una mesa servida por dos criados de librea y a la sombra de un parasol color naranja”. Era julio del año 1965 y el calor era sofocante, por eso, los príncipes acostumbraban a pasar el mayor tiempo posible en los exteriores del Palacio de la Zarzuela.

Desayunos y almuerzos al fresco, juegos en los jardines y baños en la piscina. Aquellos meses de verano, la vida se estructuraba en torno al exterior del palacio que, años atrás, les había adaptado Franco cuando se casaron.
Un palacio con historia
Muchos caen en el error de decir que fue un regalo del dictador. Nunca lo fue. La Zarzuela era propiedad de la familia real española desde el siglo XVII cuando fue levantado por Felipe IV como pabellón de caza. Un refugio a las afueras de Madrid, lo suficientemente cerca de la capital para no tardar demasiado al visitarlo, y lo suficientemente lejano como para desconectar de Palacio.
Lo que sí que hizo Franco fue mandarlo a reparar. El asedio nacional durante la Guerra Civil lo había dejado, prácticamente, en los cimientos, por lo que le encargó a uno de sus arquitectos de cabecera, Diego Menédez, una remodelación exprés. Y la tuvo, porque en menos de 7 meses el palacio lucía completamente cambiado.

“Fue Franco quien me comunicó que quería reconstruir el palacio como alojamiento para el príncipe. Conservé nada más que la estructura. Todo lo demás es nuevo: sótanos, jardines, piscina…”, dijo el hacedor de la nueva Zarzuela. Fue una obra, además de rápida, muy cara; pues por ella se pagaron 40 millones de pesetas.
Para la primavera de 1963, el palacio estaba listo para ser habitado. Aquella casa tenía la independencia de un palacio, pero también estaba lo suficientemente cerca del hogar del caudillo en El Pardo, para tenerles siempre un ojo encima. No podía ser más perfecta. Al levantarla, Menéndez había mantenido la estructura rectangular original, pero la había hecho pasar de una casa de una planta a un hogar con dos. Más los sótanos. Esto dotaba a la nueva vivienda de una clara separación de ambientes.

La distribución de Zarzuela
A partir de entonces, y ya se mantendría así para siempre, la planta baja estaría dedicada al trabajo. Ahí se ubicó el señorial despacho de Juan Carlos, y, en torno a este, se distribuyó un comedor de gran tamaño para las cenas importantes, así como una sala para las audiencias.
La planta superior se empleó para las dependencias privadas de la familia. Ahí ubicaron la sala de juegos, los dormitorios, los salones en los que hacer vida… ¡y la nursery! La casa debía tener todas las comodidades, no solo para unos príncipes, sino, principalmente, para una familia. Por lo tanto, aquella planta debía resultar especialmente práctica.

“Todas las mañanas don Juan Carlos tiene compromisos oficiales o concede audiencias. Sofía prefiere ir al cuarto de sus hijas, para verlas despertar, pasear con ellas por los jardines y participar en los juegos de Elena”, publicó entonces la revista Lecturas.
Los fotógrafos acompañaron al matrimonio en uno de estos plácidos días que arrancaban con un desayuno en el jardín, y después seguía con las obligaciones de cada cual. “Con frecuencia, la Princesa ofrece su ayuda a la «nurse» que cuida de su hija menor”, entonces, había una persona que cumplía el papel de niñera para ayudar a Sofía en la crianza de las dos bebés. Tan solo existían dos años de diferencia entre hermanas y, con Juan Carlos fuera, hacía falta un par de manos extras.

La decoración de la planta baja ha cambiado poco. Se mantiene el gusto por las maderas nobles, los muebles robustos. Suelos de mármol y columnas importantes. Los tapices, todos de patrimonio nacional. Verdaderas joyas con un importantísimo valor histórico, así como buena parte de los relojes, cuadros y demás objetos decorativos que pueblan ‘la primera cara’ del palacio.
En los 60, la decoración que Sofía y Juan Carlos habían escogido para sus dependencias privadas era de lo más sencilla y podría ser parecida a la que muchas familias tenían en casa. Sillones estampados, papel pintado y cortinas claras que permitieran que la luz bañara todas las estancias.

Con los años, se dieron nuevas transformaciones. El palacio se hizo más grande, en función de las necesidades no solo de sus ocupantes, sino también de quienes allí trabajaban. Por eso, tras la muerte de Francisco Franco, una de las primeras cosas que pusieron en marcha Juan Carlos y Sofía, ya como reyes, fue una remodelación del palacio. Llevaban 12 años allí viviendo y quisieron hacerlo más grande, construyendo dos alas a cada lado de la base rectangular primigenia.
Pero poco más se ha tocado. Zarzuela es un palacio que se mantiene como sostenido en el tiempo. Flotando en una época que ya no le pertenece. Manteniendo su institucionalidad, sí, pero añorando una profunda transformación que solo ha sido posible a través de las decisiones arquitectónicas de los actuales reyes, con la creación de espacios más modernos como el Edificio Magnolias o La Casa del Príncipe.




