La infanta Elena, en 1965: “Mamá, ¿por qué has comprado una hermana pequeña tan pequeñita?”

Cuando Elena tenía dos años, nació su hermana la infanta Cristina, pero, al ir a conocer al bebé, la niña protagonizó una cómica situación

Era junio del año 1965 en la maternidad de la Clínica Nuestra Señora de Loreto. Doña Sofía, entonces todavía princesa, se recuperaba de un parto en el que había llegado a perder la conciencia. En la cuna contigua a la cama del hospital, un bebé. Una niña vestida de blanco con detallitos rosas. Y, mirándola por encima del nido, su hermanita pequeña con cara de extrañeza.
La infanta Elena quería una hermana; de eso no había duda. Quería una compañera de juegos, alguien con quien hacer travesuras y correr por el jardín de Zarzuela mientras perseguían a Moro y a Pepper, los perros de la familia. Pero aquel bebé diminuto no iba a poder acompañarla en nada de eso y estaba muy decepcionada.

Una hermanita muy pequeña
“Mamá, ¿por qué has comprado una hermana pequeña tan pequeñita?”, le dijo Elena a doña Sofía, quien, a pesar del cansancio provocado por el parto, estalló en una sonora carcajada. La ocurrencia de la niña fue recogida por la revista Lecturas en el año 1965. En un número icónico en el que los todavía príncipes de Asturias abrieron su intimidad a las páginas de nuestro medio.
Fue la Reina quien, con gran angustia, nos detalló cómo había sido el parto y el chasco que se llevó al saber que no había dado un heredero para la Corona. En la década de los años 60 era ponderante que la consorte engendrara a un varón para que, el día de mañana, ocupara el trono. Sin embargo, parecía darle más importancia al asunto la griega que el padre.
“En el último momento me durmieron. Todo se ensombreció; perdí la consciencia durante algunos instantes. Cuando desperté, vi cerca de mí el rostro radiante de mi madre”. La reina Federica, madre de Sofía, había viajado de Atenas hasta Madrid para estar al lado de su hija cuando esta alumbrara a su segunda criatura. De hecho, fue ella quien entró al paritorio sin soltarle la mano a la princesa.

Otra niña
“Recuerdo bien que mis primeras palabras fueron: “¿Cómo está el pequeño?”. Estaba segura de haber tenido un niño… La reina Federica, que acababa de ser abuela por segunda vez, me repuso simplemente: ‘Es un soberbio bebé de tres kilos de peso. Te felicito, querida’”. Pero no aludió al sexo de la criatura. Prefirió que fuera el marido quien diera la noticia.

“Me volví hacia Juanito. Él me tomó la mano, tiernamente. Muy emocionado, me besó en la frente y luego murmuró con dulzura: “Ya tenemos una segunda hija”. Sofía no sabía muy bien cómo sentirse. Por un lado, estaba feliz por haber alumbrado a un bebé sano, pero, por otro, en ella radicaba una desilusión que lo empañaba todo.
Desilusión por no haber sido capaz de traer al mundo a un muchacho, que ella pensaba que era lo que se esperaba de ella, puesto que durante siglos ese parecía el único papel de las consortes, engendrar herederos, y también miedo a decepcionar. Tanto, que no se atrevía a mirar a su marido a la cara por si hallaba esta emoción en sus ojos. Pero no fue así.

“Le sentí acercarse para besarme nuevamente y susurró: ‘Dios ha querido que sea niña. Estoy seguro de que la próxima vez será un muchacho’”. Y así, sin más, doña Sofía entendió que no todo estaba perdido y que ahora tocaba ser la mejor madre posible para la pequeña Cristina.
Un día con la pareja
El matrimonio recibió a la revista Lecturas cuando la bebé apenas tenía unas semanas. Su madre, puericultora diplomada, se daba por entero a la recién nacida, mientras que Juan Carlos buscaba entretener a su hija mayor. Algo con lo que Elena no podía estar más conforme.

“Mamá, con Cristina. Tú, conmigo”. La niña de dos años no usaba verbos y hablaba mezclando el español y el inglés, en un indescifrable idioma de lo más adorable. Lo más curioso, es que sesenta años más tarde, esa sentencia sin verbos y de lo más directa, se sigue cumpliendo a rajatabla. Elena siempre ha sido la más borbona de todos los hermanos. Tiene devoción absoluta por su padre y es su gran consejero.
La relación que sí que ha evolucionado desde aquella tarde de verano en Zarzuela hasta el día de hoy es la del matrimonio. Pues pasaron de ser una idílica pareja que, enamorados, nos presentaban a su segunda hija, a dos perfectos desconocidos que no viven ni en el mismo país. “Sonríen, se aman, son felices… Cierto que no hay para menos. Son jóvenes, y han formado ya una encantadora familia”, se leía en la revista. Los príncipes habían invitado a la revista Lecturas a que pasaran con ellos toda una mañana.

Nos recibieron en el jardín. Eran las 8.30 de la mañana y les habían servido el desayuno. “Sobre un césped que ya amarillea, sentados a una mesa servida por dos criados de librea, y a la sombra de un parasol color naranja, don Juan Carlos y doña Sofía toman el desayuno”. La pareja nos detallaba cómo había sido el parto de Cristina, pero también detalles de su día a día, como por ejemplo, el idioma que manejaban a la hora de comunicarse. “Entre ellos hablan español y algunas veces, inglés. Sofía llama a su marido ‘Juanito’. Cuando están a solas, don Juan la llama ‘querida’”.

Después del desayuno, él se marchó a su despacho, y dejó a Sofía en la ‘nursery’, localizada en la primera planta del palacio, en las dependencias privadas de la familia. Elena hacías las veces de mini mamá, y, cuando veía quejarse a su hermana pequeña (siempre demasiado pequeña), arguía: “La nena tiene demasiado calor” o “Cristina tiene apetito”. Todavía no podía jugar con ella, pero bien que podía pretender que esta era su muñequita.




