“Doña Sofía es feliz en Marivent. Pasea sin que nadie la importune y la he visto tomando helados, primero con los hijos, y después con los nietos”: Mayte Spínola, la mujer que mejor conoce a la reina

De vacaciones, nadie conoce mejor a la reina emérita que esta mecenas que ha compartido con la Familia Real incontables anécdotas en Mallorca

No cuesta imaginarla. Doña Sofía (87 años), con un pañuelo atado a la cabeza, prescindiendo por primera vez de ese cardado tan suyo. La imagen más bohemia que una princesa podía permitirse. Era principios de los años 70 y la griega y su familia estrenaban nueva casa de veraneo: Marivent.

“Fue una gran alegría cuando el arquitecto Pepe Alcover hizo gestiones para que el palacio de Marivent se convirtiera en la residencia de verano de los Reyes”, dice Mayte Spínola en una conversación con la periodista Paloma Barrientos. A partir de entonces, la experta en arte se convierte en una más de los Borbones, y es testigo de algunos de los momentos familiares más entrañables.
Doña Sofía, cuando nadie la ve
“Doña Sofía es feliz en Marivent. Pasea sin que nadie la importune y la he visto tomando helados, primero con los hijos, y después con los nietos”, apunta a Vanitatis. Spínola ha visto con sus propios ojos cómo la emérita dejaba al lado el protocolo que la acompañaba durante el resto del año y se abandonaba al dispendio menos culpable. Y ahí los refrescantes helados, sobre todo cuando hay niños cerca, son una obligación.
Y es que para la reina Marivent siempre ha sido eso: familia. Primero, junto a sus hijos, pero también sus sobrinos, tanto los españoles como los de la parte griega, todos dando voces y salpicando agua. Y ella repitiéndoles que no se corre cerca de la piscina. Ese aparte del palacio que solo aparece cuando uno realiza una vista aérea del acantilado en el que se ubica el palacio.

Cuando el gobierno balear transformó esta casa que, en el pasado, había pertenecido al ingeniero Juan de Seridakis, lo primero que pensó Sofía fue en su añorado Corfú. Donde, cada verano, se retiraba junto a sus padres y hermanos. Ahí pasaban todo el estío y también recibían visitas ilustres de otras monarquías. La hija de Federica de Hannover y de Pablo de Grecia siempre vincula alguno de sus recuerdos más deliciosos a esa isla en el Mediterráneo.
Un palacio para ser disfrutado en familia
Lo siguiente que pensó la entonces princesa era que hacían falta literas. Muchas literas. Su plan era que todos los primos durmiesen juntos en algunas de las grandes habitaciones del palacio, en una suerte de campamento solo para la realeza. Y así lo hizo. Instaló camas dobles, puso colchones en el suelo. También muchas alfombras, que le permitían andar descalza. Un gusto heredado de cuando vivía en Tatoi y estas piezas en el suelo eran habituales.

Y, durante años, así fue. Primero con sus hijos, después con sus nietos. Y, ahora, la temida soledad. Las estancias en Marivent se han ido acortando. La reina distribuye sus vacaciones entre Elena, Cristina y Felipe. Ninguno la quiere dejar sola. Además, este verano, en el que ya no tiene a su hermana Irene, ha resultado esencial repartirse las semanas para “acompañar a mamá”. Sus vástagos lo cuadraron todo para no solaparse. Si el objetivo primordial era estar con su progenitora, entonces no era práctico que coincidieran todos a la vez; pero también estaba el motivo de que ya rara vez reúne toda la familia.
Si está Felipe con Letizia y sus dos hijas, por Marivent no aportan ni Elena ni Cristina. Ni tampoco sus vástagos. En julio, la infanta mayor llegó antes que nadie para organizar el palacio, papel que antes era desempeñado por la propia Sofía. Pero ahora se lo quieren poner fácil. Así que es lógico que alguno de ellos vaya en avanzadilla y lo disponga todo para que, en cuanto la reina llegue, solo tenga que preocuparse de disfrutar de esos paseos tan anhelados.

Paseos que, desde que los jardines del palacio abrieron al público, se han hecho un poco más complicados. Desde el año 2017, cualquiera que lo desee puede recorrer la parte pública de este parque repleto de vegetación autóctona, así como de obras de arte cedidas por Joan Miró. Y es que la familia Seridakis había puesto como condición a la hora de ceder el palacio que este debía ser para uso y disfrute de todo el pueblo mallorquín. Tras varias décadas de litigios, hace 9 años que se cumplió el deseo (de manera parcial) del fallecido, y, desde entonces, hay una parte privada, que solo la emplean los miembros de la Familia Real, y otra, la mayoritaria, que está abierta para todos.

Con los años, ni los veranos son los mismos, ni tampoco lo es Marivent. Todo cambia. Lo único que parece permanecer inalterable al paso del tiempo es el flechazo que doña Sofía vivió la primera vez que recorrió su adorado palacio con nombre de mar y viento.




